TRANS PLANTADA



1

Las cosas que una debe hacer, esfuerzo, mucho esfuerzo y dele a la callejeada día y noche, sin parar. Pero me gusta eso de ir por ahí dando tumbos con el vaivén de los tragos, uno que otro pestañeo rápido de cal en las narices. Dora la espectadora, como le decimos todas, está ahí viéndome cómo me paro, cómo me visto deprisa y sin hacer ruido; nada se le da después de haberme visto dándole amores cansados a un hombre-hombre de corbata y todo.


2

Me escribe un mensaje apurado, se nota por su cambio de la a por la s. Dígame todo si puede, le devuelvo su mensaje con el mío. Usted viene por mi casa y termina dejando todo… Qué dejé, le pregunto. Si piensa ir a su trabajo sin el carnet va a tener complicaciones, dice; ¡qué! ¡Ya voy para allá! Con el talón empujo la bota naufraga debajo de la cama y con el mismo pie, tanteando, extraigo el reluciente zapato negro de caballero. Vestirme toma fracciones de minutos, salgo a la vereda sin que el reloj se me estalle y riegue su tiempo en mí muñeca.


3

Como si no me estuviera esperando, Darío sacude su voz dentro de su saludo atípico. Vengo por eso y me voy, le digo. Le dejaron un mensaje, ¿no quiere saber quién? No, le digo. Pensé que si… El carnet está sobre la mesa Pablito. Bueno… su amigo dice que cuando pueda llámelo.


4

No era excusa lo de llamar y listo. Trabajar media tarde para encontrar que igualmente lo iba a hacer. De forma parecida, con lo loca que es Darío, que no se aguanta ni una y que aun así resulta hablando, me hubiera dicho que ese macho de olor y sudor agrio quería verme otra vez. Yo no tengo, como resultado de mis andares, contadas las veces que me cito con el mismo muchacho de la noche anterior. ¡Como si yo fuera de repetir! A una se le quita todo deseo de eso, cuando ilusionada como una tonta, una se queda esperando en un bar y con los trapos puestos, y el maquillaje deshaciéndose en el rostro, con las piernas cansadas después de caminar media ciudad. Todos los hombres son iguales, decía yo muy al comienzo, luego de ser flor trasplantada - ¿o será trans plantada- y marchita. Por lo que no me quedaba ganas de buscar al hombre de olor fuerte bajo las axilas, que ahora tenía en los hoyos de la nariz, y con el que había rasguñado el forro terciopelo de la noche con estrellas. Dentro de mí y mis corazonadas mari floras sabía que, siendo todos iguales, lo único que los diferencia es su plasticidad y elasticidad al respirar; al momento en que, con su aliento en la cara o en la nuca, se debía cerrar todo paso a la evasión intelectual, de un halito animal que surgía progresivamente, con que me veía rajada de pies a cabeza con la respiración del cabrío en los pulmones; algo fuerte que me hacía a mí la acariciadora de jardines insatisfechos.


5

‹‹La siento tímida su majestad, me dice el otro casi al oído. Mucho, al igual que la florecilla que acerca sus hojas al estanque, a algo más grande que la asusta y que la atrae. Entonces déjese llevar por las aguas, flotando llega a otras orillas. Es eso lo que las plantitas silvestres queremos todo el tiempo, otras orillas, otras piedras y tierras; arena o pasto en el borde del estanque. ‹‹Todas las costas son playas››, casi siempre dice la Charlotte. Pero da miedo todo eso››.

6

Al borde de un corazón tras tillado de vieja loca, de loca que se ha sentido mayor a causa de enamorarse como la primera vez de una sombra en el camino, deja de importarme el carnet y se lo digo a Darío; pero ahí está, me dice. Sí lo sé, mejor espéreme acá ya vuelvo. Entonces bajo las escaleras como corriendo, trotando lentamente, llego hasta el borde de la acera, ubico una cabina de teléfonos. Me cuelgo del aparato y llamo al muchachote que a esta hora debe estar pescando elucubraciones de artista y le digo precioso casi que no lo llamo, no me dejo ni una nota sino un mandado. Al menor sueño suyo y no me dan ganas de despertarla bella durmiente. Está bien, ¿sabe que estaba pensando en que todos los hombres son iguales? No, pero me lo imaginaba, ahora ya no vale. Bueno si, cuando respiro como usted se me viene el deseo de tragármelo, pero desde adentro. Ya, no me cuente más que sino no le creo. Allá usted, yo sólo le digo que respirar diferente y ser sembrado en otro jardín no son tan distintos como yo creía y es que, ¿acaso no ha visto las florecillas de su mano turbarse cuando interrumpe su respiración? No sé, déjeme miro y le cuento en la noche, ¿sí? Bueno… pero no olvide regarlas cuando salga de casa.

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