SOBRE EL TEJER CONVERSACIONES ANTI-PUNITIVISTAS

// Por Moira Pérez* - @moirapez


Septiembre 2020 //

Parecería haber una tendencia cada vez más notable en los círculos en los que me muevo, a cuestionar las inclinaciones punitivistas a las que históricamente nos hemos entregado. En particular sucede que, debido a mi investigación y docencia en cuestiones vinculadas con este tema, cada vez más personas se acercan a mí, me escriben o me convocan para que les ayude a pensar cómo podemos salir de ese molde. No creo que este incremento sea casual, ni que me llegue sólo a mí: me parece evidente que cada vez más personas nos proponemos esta difícil tarea de comprender la cultura del castigo, identificar sus riesgos e implicancias, y tratar de construir los vínculos interpersonales y sociales desde otro lugar. Y si bien en términos generales soy más bien pesimista respecto de lo que nos depara el mundo y lo que estamos haciendo con él, este es un punto -junto con algunos pocos más- en el que tengo esperanzas.

Ahora bien, para quienes ya nos afirmamos desde una postura anti-punitivista o abolicionista (penal), creo que es un momento que tenemos que transitar con la mayor responsabilidad y cuidado. Tenemos que pensar bien cuáles serán nuestras respuestas ante estos llamados de quienes, por suerte, empiezan a asomarse a este universo de pensamiento y acción transformadora. Necesitamos pensar conjuntamente estrategias constructivas, no destructivas; amorosas, no despectivas ni invalidantes; interseccionales, no unidimensionales ni falsamente universales. Me gustaría que nos hagamos un momento para pensar colectivamente estas respuestas, como siempre reconociendo y aprendiendo de las personas que vienen haciendo esto mucho antes que nosotres, y/o desde otros espacios o enfoques.

En primer lugar, considero que es imposible abrir un espacio de conversación invalidando los sentimientos de otrxs. Muchas veces estos acercamientos que mencioné antes, que buscan ayuda para construir un camino no punitivo, comienzan con un tímido “estoy en una organización, queremos hacer las cosas de una forma distinta, pero cuando llega el momento lo que se nos ocurre es echar a quien ha causado el daño o escracharlo”. Si estamos hablando de una persona u organización que quiere replantear su enfoque, busca tejer estrategias alternativas, ¿qué sentido tiene empezar invalidando o juzgando sus experiencias anteriores? Primero, porque se trata precisamente de experiencias que quieren transformar. Segundo, porque el juicio moral desde un pedestal no abre conversaciones, sino que las cierra. Pero tercero, y sobre todo, porque todas las personas educadas en este sistema cultural (no así en otros, cabe aclarar) hemos sido forjadas en el punitivismo y la cultura del castigo. Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra. Quiénes somos para juzgar, si nadie le ha ganado por completo al punitivismo en nuestra vida cotidiana. Lo que tenemos que hacer es construir un espacio donde estas personas puedan sentirse a gusto para compartir sus miedos, sus dudas; un espacio para explorar qué hay detrás de esos miedos, y cómo podemos construir vías alternativas. Donde construyamos respuestas reales, no fantasías de resolución a través de un castigo que lo único que hace es profundizar las heridas preexistentes y crear otras nuevas y hasta peores.

En segundo lugar, y conectado con lo anterior, necesitamos escuchar y prestar atención a la situación específica de las personas, que no es la nuestra. Cada persona tiene su propio recorrido de vida, ha atestiguado y vivido cosas distintas, ha tenido acceso a diferentes debates y conversaciones acerca de lo que pasa en el mundo y en los espacios de los que forma parte. Y es la conjunción de todo eso, y de muchas otras cosas, lo que le ha traído a donde está ahora (incluidas, por supuesto, las inclinaciones punitivas). Ninguna estrategia de transformación o resolución de conflictos es universalmente válida ni puede ser impuesta exteriormente sin tener en cuenta el contexto en el que se inserta. Por ejemplo, en muchos casos quienes plantean estas dudas tienen vínculos afectivos, políticos o institucionales con las personas con las que surge un conflicto. En otros casos invocan una urgencia muy concreta: hoy, en este momento, hay personas que están sufriendo tal violencia, y tengo que hacer algo ya. Desmentir esa urgencia es necio, y desmerecer el trabajo y la perspectiva de quienes hacen esa tarea cotidiana de acompañamiento es una falta de respeto. Pero también es necio negar que podemos trabajar a la vez en la construcción de una transformación a mediano y largo plazo, y ver cuáles de esos valores y principios podemos traer a la urgencia del aquí y ahora. Por otro lado, es una falta de respeto pensar que hay personas o grupos sociales que no son capaces de reflexionar acerca de sus condiciones y sus vínculos y de construir colectivamente respuestas alternativas.


En tercer lugar, para comenzar a desandar este camino y buscar respuestas a esa interpelación cada vez más frecuente, hace falta partir de la base de que trabajar sobre el anti-punitivismo requiere ante todo y vitalmente, creer en la transformación humana. Quien no cree (y no está dispuestx a creer) que el ser humano pueda transformarse, quien no cree que alguien puede aprender a detectar y reducir su misoginia, su racismo, las distintas formas en las que podemos causar daño, debería dar un paso al costado en estos procesos de transformación. Tal como nos ha enseñado una extensa tradición de pensamiento y acción radical, no es posible eliminar por completo el racismo o la misoginia que llevamos dentro (ni el punitivismo), al igual que no es posible “renunciar a los privilegios”. Pero si hacemos lo que hacemos, si hablamos de estas cuestiones una y otra vez, las ponemos sobre la mesa, aprendemos de los errores, es porque consideramos que la transformación es posible, y que todes tenemos que transformarnos en alguna medida u otra. Que el castigo no haya logrado transformar a las personas, no significa que las personas no puedan cambiar, sino que estuvimos utilizando las herramientas equivocadas y no hemos establecido las condiciones necesarias para que esa transformación (individual y colectiva) pueda ocurrir.


Soy docente porque creo profundamente en la capacidad transformadora de la educación y el diálogo. He tenido el enorme privilegio de poder elegir mi profesión libremente. Si no creyera en esa transformación, tanto para otres como para mí misma, no me dedicaría a la educación simplemente porque no le vería el sentido. Con el tiempo también fui creyendo cada vez más en la capacidad de la filosofía para emprender esta tarea. La filosofía funciona en otra temporalidad: no la de la urgencia o la inmediatez, la respuesta rápida irreflexiva, sino la de la pregunta y la repregunta, el ensayo y el error, la mirada crítica y reflexiva. Es la temporalidad de lo que se teje colectivamente, cuando tenemos paciencia porque sabemos que lo que se viene es mejor que cada una de las partes por separado. Y, en este caso, estamos ante una de esas cuestiones urgentes que justamente por su urgencia requiere que no nos precipitemos. Tenemos que ponernos a trabajar ya (muchxs ya lo están/estamos haciendo), pero eso no significa que ya tenemos que llegar a una respuesta final y definitiva. Seguramente quienes vengan después de nosotres, y seguramente quienes están desde mucho antes, tengan respuestas mejores de las que podemos siquiera imaginar.


¿Cómo respondemos a este llamado, que tanto debería alegrarnos? Pensémoslo, construyámoslo juntes, ayudémonos a ver cuando nos equivocamos, cuando juzgamos de más, cuando no hacemos lugar a la diferencia, cuando no construimos un espacio hospitalario. Y, sobre todo, empecemos por agradecer la pregunta.


*Doctora en filosofía, docente e investigadora // www.aacademica.org/moira.perez

635 vistas
  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram

©2020 por Periódica. Creada con Wix.com