Querelle de Brest, reseña.


Por Tatiana Rojas Arévalo//





«La idea de muerte evoca frecuentemente la idea de mar y de marinos» y, seguido a estos pensamientos, emerge el concepto de amor o sexualidad.


Bajo esta consigna, se desarrolla la historia de una de las más icónicas novelas de la literatura gay: Querelle de Brest, de Jean Genet. En medio del erotismo, la belleza, el asesinato y, por supuesto, el sexo, esta novela inicia un diálogo entre la barbarie y lo sagrado, entre el crimen y el deseo, que perpetuará la vida de Querelle, un joven marinero.


Más que una historia, esta novela se plantea a sí misma como un recorrido en cámara lenta por una serie de aventuras que, al final, serán el reflejo del devenir sexual, la clandestinidad, la monstruosidad y la abyección de Querelle, quien más que un personaje, es un arquetipo de las más profundas pulsiones que se debaten en nuestra cotidianidad: Eros (vida) y Tánatos (muerte).


De esta manera, la novela inicia con la llegada del navío El vengador a Brest, una pequeña ciudad portuaria, «dura, sólida, construida con granito gris de Bretaña» (p. 13), en donde, a su vez, se encuentra La Feria, un burdel cuya fama ha dado la vuelta al mundo entre susurros y secretos de marineros, es el típico lugar del que mucho se habla y poco se conoce. Allí, Querelle se reencontrará con su hermano, Robert, con quien comparte un extremo parecido que los confunde casi como gemelos; su relación limitada únicamente a los negocios (tráfico de opio) se hará cada vez más intensa con las visitas del marinero a La Feria, lugar donde reside Madame Lysiane, la amante de Robert.


La llegada de Querelle a la ciudad despertará una serie de tensiones, tanto con los residentes de Brest como con sus compañeros de viaje. Estas tensiones constituirán un complejo «juego de pares», en el cual Querelle protagonizará todas las relaciones: con Mario armará la pareja imposible del asesino y el policía; con el teniente Seblón iniciará un juego de seducción barroco y, fundamentalmente, con el asesino Gil Turko, encontrará a su único amor -avivado por su complicidad en el crimen-. (Romero, 2019). Además, claro está, de su inquietante relación de amor/odio con su hermano Robert.


Ahora bien, todas estas intrigas sentimentales que conforman un moderno melodrama se configuran a partir de un leitmotiv: el asesinato. Los crímenes que Querelle comete casi instintivamente, como una sed insaciable, son rigurosos y metódicos, exigen de este personaje una lucidez absoluta y un coraje natural. Incluso, podría decirse que la parsimonia de su actuar crea escenas que erotizan el terror: se trata de un explícito diálogo (mencionado anteriormente) entre el erotismo y la barbarie. Sin embargo, Querelle no es exactamente lo que se conoce como un «asesino a sangre fría», por el contrario, su culpabilidad se transformará en una autocondena que lo arrastrará a los escenarios más inesperados, ya que «incapaz, en efecto, de saber si será o no detenido, el criminal vive en una inquietud que solo puede abolir por la negación de su acto, es decir, de su expiación» (p. 72).


Para Querelle, su expiación solo será posible en un acto aún más monstruoso que el del homicidio: la sodomización, el cuerpo hecho carne y placer, el ano perforado... la virilidad celebrada. Es solo en el sexo -en la monstruosidad de los contactos masculinos, diría Romero (2019)- que Querelle puede lavar la mancha de sus crímenes, dice: «hay que quitársela. Y lavarse tan bien que no quede nada de uno. Y renacer. Para renacer, morir. Después ya no temería a nadie» (p. 81).


Así, como lectores, avanzamos entre los recuerdos que otros tienen de la vida de Querelle, escuchamos las grabaciones del teniente Seblón que con tanto ahínco describe a su amado marinero, presenciamos las conversaciones de sus compañeros en donde cada quien suelta un apunte sobre su sutil irreverencia y perseguimos las revelaciones de un narrador metaliterario que nos sugiere detalles sobre el sentir de Querelle; aún así, al terminar el libro, el misterio tras este personaje sigue vigente, personalmente, creí conocerlo y desconocerlo al tiempo, y al no poder encasillarlo en ninguna categoría, decidí interpretarlo a partir de esa imposibilidad: Querelle, es simplemente un ser que muta en la medida que se relaciona, que cambia en función de sus pasiones y deseos, que se transforma en la fluidez que recorre un mundo abominable y maravilloso. La invitación, por supuesto, es a que cada quien descubra su propia imagen de Querelle.


Referencias:

  • Jean Genet. (2018). Querelle de Brest. Buenos Aires, Argentina: Cuenco de plata.

  • Walter Romero. (2019). Locas por Querelle. 29 octubre de 2020, de Página 12 Sitio web: https://www.pagina12.com.ar/165782-locas-por-querelle

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