Quitando vidas

Por Sergio Contreras Perugache


Foto Tomada de Fundación Pares


Juan Zapata es un chico afrocolombiano, tiene 17 años, vive en cualquier parte, en cualquier calle de cualquier barrio cerca de una de las tantas plazas de Bolívar. Es pobre, su familia es pobre, su entorno es pobre, sus amigues son pobres; son víctimas del desplazamiento. Su barrio es un asentamiento lleno de carencias; es el statu quo en la vida de aquel pedazo de tierra.

Juan es alto, tiene una bella dentadura que heredó de sus raíces afro y sus orígenes en el pacífico, esos de abundante proteína y vitamina pesquera. Es alegre, va en su sangre, baila y canta que enamora. Juega a la pelota, ama el fútbol, ama el movimiento del cuerpo, el agua salada y la brisa del mar.

Usa poco vestuario, está acostumbrado al pantalón corto. Es lo más de amable y risueño. Esa es su cultura, la de la felicidad y el delicioso movimiento corporal; él no piensa sino en bienestar junto a sus tres hermanes, su madre y el compañero de ella, don José Córdoba. Ana de 15 años, Edison de 10 y Michel de 4 son su amor, lo que le proporciona todo lo bueno de la vida; la fuerza para encarar lo tan difícil que día a día sucede en su entorno, lo que escribe sus historias. Es la misma pluma que ha escrito la de su madre, su desconocido padre y sus tíos y tías, vecinos y vecinas, desplazadas y desplazados. Lo que sí, siempre enfrentan a la necropolítica.

Juan Zapata va a la escuela, muy a las 7 am y con agua bien fría que no siempre llega a salir por la canilla se ducha, pantalón y camisa de manga corta, sus Verlón a medio embolar, dos cuadernos en la mochila y a estudiar. Quiere ser trabajador social para ayudar a su pueblo y nunca abandonarlo, ayudar a su gente.

Juan de política no cree saber, no cree, la sufre. Él sólo quiere que les den casas, no promesas, trabajo, no limosnas; sustento, no tamales. Siempre toca este tema con su novia, María, de 15 años y compañera de barrio, travesías del desplazamiento y escuela, la Luis López de Mesa.

No quieren volver a ser desplazades por violencias que no son de elles, por balas asesinas que masacran a les pobres, niños y niñas, mujeres y hombres. La vida les quita y no saben por qué.

Juan Zapata también asiste a la casa cultural del barrio, ayuda, hace y comparte.

Juan Zapata y cuatro amigos más ya no están; los masacraron. Debió ser un cuento en pasado.

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