LOS USOS MIXTOS COMO ESTRATEGIA FRENTE A LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN LA VÍA PÚBLICA




Por: Krish Gómez//


En la primera mitad del siglo XX, en pleno auge de la modernidad y de la producción industrial en serie, se concibió la ciudad como una máquina. Dicha máquina tenía cuatro funciones básicas: habitar, trabajar, circular y recrearse.


Para cada función se asignó un espacio determinado dentro de la ciudad; las zonas residenciales y empresariales, la red vial y el sistema de áreas verdes. De esta manera, cada zona cumplía un papel específico dentro de la ciudad; es decir, zonas especializadas con usos excluyentes y separados.


Dicha separación de las funciones urbanas dio origen a la zonificación, concepto que ha mutado hasta convertirse en lo que hoy en día conocemos como áreas de actividad, las cuales están definidas en los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) de cada ciudad.


En las ciudades contemporáneas se han empezado a plantear las áreas de actividad con usos mixtos, en donde la vivienda es complementada con usos compatibles, con el fin de que haya mayor diversidad, menores desplazamientos y menos dependencia de los sistemas de movilidad. Por ejemplo, cuando en la misma cuadra tenemos vivienda, la frutería de doña Moni, la sastrería de don Jaime, la peluquería y otros pequeños comercios locales.


En la mañana las panaderías son las primeras en subir la cortina y atender a los madrugadores, mientras que en las noches, las luces de las cigarrerías son las últimas en apagarse. Es decir, hay actividad desde muy temprano y hasta muy tarde.


En ese contexto se nos permite salir, saludar a la vecina, sacar al perrito a pasear, caminar hasta el puesto de empanadas, pasar por la droguería, detenernos en la frutería y ojalá que sea martes que llega el camión con fresas recién traídas de Chocontá. Aprovechamos el mismo recorrido para interactuar, nos apropiamos de la calle como espacio público y lo disfrutamos.


Por el contrario, en los nuevos desarrollos urbanos, en las zonas de conjuntos cerrados o barrios netamente residenciales, dicha interacción social no sucede. La tienda es reemplazada por el centro comercial, no hay empanadas con ají y la sastrería y la peluquería quedan en el barrio de al lado.


Entonces nos vemos obligadxs a llevar al perrito al parque del conjunto y a hacer todo lo demás el fin de semana con más tiempo, porque todo está más lejos. Es aquí en donde perdemos la apropiación de la calle como espacio público.


Por lo general, en las zonas netamente residenciales, no hay gente en las calles ya que los flujos se activan únicamente cuando se va a trabajar en las mañanas y cuando se regresa del trabajo en las tardes. Durante el resto del día, las calles están vacías. Del mismo modo las zonas netamente industriales o comerciales presentan el mismo fenómeno. Están activas durante determinadas horas del día y luego quedan vacías. Es aquí donde debemos caminar largas distancias (a veces al lado de una reja) para poder encontrar la portería. No hay vecinos, ni panaderías, peluquerías ni venta de verduras.


En ese escenario de ausencia social en donde sucede el acoso, la agresión y la violencia sistemática. La calle vacía y la ausencia de control visual generan las condiciones para ser violentadas desde una mirada hetero-sexista, ya que nos ven solas, desconocidas sin lugares para refugiarnos. A veces nos agreden verbalmente, a veces nos siguen, a veces nos maltratan y a veces, nos quitan la vida.

La ausencia de usos mixtos en las ciudades genera anonimato, si alguien nos agrede, no pasa nada, porque nadie nos conoce, nadie sabe nada de nosotras.

Y no solamente nos pasa a las mujeres sino personas con orientaciones diferentes a la heterosexual, en particular a las de la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersexual.


Según los informes de vigilancia en salud pública de violencia de género e intrafamiliar de Colombia- SIVIGILA, después de la violencia que ocurre al interior de la vivienda, el mayor porcentaje de violencia ocurre en la vía pública, mientras que, en los establecimientos, lugares de trabajo, comercios y áreas de servicio existe un menor porcentaje de violencia de género.


Durante el 2019, en Colombia se reportaron 10275 casos de violencia física, 2069 casos de violencia sexual, 1153 casos de negligencia y 411 casos de violencia psicológica, para un total de 13908 casos de violencia, todos ellos en la vía pública. Asimismo, se reporta que el sexo femenino presenta la mayor tasa de afectación.


La sistematización de la violencia nos hace temerle a la calle y desapropiarnos de ella, vulnerado el derecho al bienestar y a la participación comunitaria.

Es por ello por lo que se apuesta a la mixtura de usos como estrategia frente a la violencia de género en la vía pública, ya que “una interacción elevada (por ejemplo, 5 actividades por tramo) y un buen reparto del espacio público favorable para el peatón, permite la continuidad de los itinerarios y de los tejidos evitando roturas y desiertos urbanos o los "no lugares", que son críticos y en tantas ocasiones, inseguros” (Rueda, 2012).


Con locales comerciales y de servicios cerca a la vivienda, son las mismas personas del barrio quienes nos protegen. La veci que sabe que prefiero empanada de carne, don Jaime que sabe que siempre le llevo los pantalones para que les haga el dobladillo porque a las bajitas nos cuesta encontrar la talla, doña Moni que me da la ñapa cuando le compro fruta.


Dicha cohesión social permite que, como mujeres y personas diversas, nos sintamos respaldadas por una red de vecinas y vecinos que ya nos conocen o que nos han visto pasar por ahí. Esa cercanía es la que nos da seguridad, el poder estar en contacto con la otra persona. Es más fácil protegernos entre todxs cuando hay una relación de cercanía y empatía que buscar la protección de un celador que lo hace por obligación. La relación de vecindad genera seguridad en el entorno que nos rodea. La gente atrae a la gente.


Si somos mamás, emprendedoras, mamás de mascotas, comerciantes, amas de casa, empleadas domésticas, nanas, entre otras, un sector de usos mixtos nos favorecerá en cuanto a la percepción de seguridad. No estamos solas y entre todas hacemos red porque nos queremos vivas.


¿Qué aportan los usos mixtos en la seguridad frente a la violencia de género en la vía pública?

  • Visibilidad: Los locales tienen puertas abiertas/ ventanas desde donde se ve lo que sucede en la calle.

  • Iluminación: Los locales aportan iluminación hasta altas horas de la noche

  • Vitalidad: Permite que el sector esté activo durante más horas en el día y la noche

  • Interacción: Hay mayor cantidad de gente, los comerciantes, trabajadores y usuarios son flujos constantes que generan seguridad.

  • Control visual: Entre todas estamos pendientes de lo que pasa en el sector.


¿Qué podemos hacer como ciudadanas?

  • Si vivimos en una zona de usos mixtos, fortalecer las relaciones con nuestrxs vecinxs.

  • Apoyar al comercio barrial, ya que hemos visto que en esta pandemia muchos locales han tenido que cerrar.

  • Generar empatía con las demás personas, sonreír, aprenderme sus nombres e interesarme por sus historias. De todas las personas podemos aprender algo y generamos red protectora.

  • Ser amables con los puestos de comidas ambulantes. Si bien están ocupando ilegalmente un punto en el espacio público, son ojos en la calle.

  • Si estamos pensando en mudarnos, ir al sector de día y también de noche para ver cómo cambia el entorno y cómo nos sentimos en éste.

  • Si vamos a comprar vivienda nueva, revisar la zonificación de usos del proyecto para hacernos la idea de cómo será el ambiente.



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