LOS JUEGOS DEL HAMBRE DEL TERCER MUNDO



Por: Tatiana Pino//



Son tiempos de confinamiento y no tenemos certeza sobre cuándo volveremos a circular “libremente” por los espacios de la ciudad. Sin embargo, reflexionar sobre el confinamiento ha llevado a decir que estar en casa obedece a una cuestión de privilegio y que hacer lo contrario, estar en la calle, sería ser un signo de idiotez.


Si bien es cierto que la mayoría de las personas estamos en un confinamiento en casa y quizás, las más afortunadas, realizando actividades de teletrabajo, un porcentaje alto de personas deben salir a rebuscarse diariamente para pagar la habitación donde duermen y comprar lo del diario porque así es que viven su cotidianidad.


Entonces, permanecer en un espacio confinado siguiendo el #QuédateEnCasa se relaciona sobre todo con la posibilidad económica y material de contar con un lugar llamado casa, porque algunas personas ni siquiera tienen casa, habitan en la calle, como muchos seres que viven de las monedas o del reciclaje.


Podríamos pensar en muchas personas que no tienen un hogar permanente, por ejemplo, las personas migrantes, de otros países y territorios, a quienes les tocó agenciar este momento tan complejo en esta ciudad tan hostil como Bogotá.


También podríamos pensar en aquellas para quienes estar bajo techo, propio o no, implica una situación de riesgo, implica vivir-convivir con su agresor. ¿Y las personas que están recluidas en las prisiones? esto sería como una doble medida de confinamiento y seguramente también restringidas todas las visitas.


Así, mientras el Gobierno Nacional sigue aconsejando quedarse en casa, prácticamente reduciendo la responsabilidad de sanidad pública a una cuestión individualista limitada al autocuidado, la planificación para el manejo de la pandemia brilla por su ausencia, las ayudas prometidas no llegan a quienes las necesitan realmente.


Sálvese quien pueda fue el anuncio del gobierno. Entonces en este punto, el poder salvarse obedece más que a una razón de inteligencia de quedarse en casa a una posibilidad material de poder realmente salvarse. Como todo, relaciones de poder. Surgen entonces, varias preguntas: ¿Quién no querría salvarse? ¿Quiénes serán lxs elegidxs para salvarse? ¿Prima la juventud sobre la vejez? ¿O los ricos sobre los pobres?



El hambre hace rato acecha en las calles y por eso las organizaciones barriales han hecho fuerte presencia haciendo ollas comunitarias y repartiendo, entre pobres, lo que tienen, recogiendo plata para vacas, haciendo rifas y donaciones.


Sin embargo, este confinamiento nos ha develado más de una verdad evidente, la más obvia de todas: en este sistema no importan las personas sino es el capital económico el que traduce las posibilidades, materiales y simbólicas, de salvación en esta situación.


Así, que el capital domine y establezca las condiciones de la existencia, no es ninguna sorpresa, es el viejo capitalismo decidiendo quien vive y quién no: una especie de biopolítica combinada con la trilogía post- apocalíptica de “Juegos del Hambre”, pero aún peor estando en este país del tercer mundo.


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