Lo que hemos vivido

Actualizado: nov 10

Por Angélica María Peña //



A la mitad de la noche Berenice se despertó asustada, unas gotas de sudor bajaban por su frente, intentó levantarse, pero su cuerpo no se lo permitió. Angustiada llamó a Laura, gritó su nombre varias veces. Al instante su hija cruzó por la puerta preguntando qué pasaba. ¡No he podido levantarme! dijo en tanto la buscaba a través de la poca luz de la luna que se colaba por las cortinas. Rápidamente Laura colocó la palma de su mano en la frente de su madre para tomar su temperatura, estaba helada, otra pesadilla, pensó mientras cogía un pequeño control de la mesa de noche y oprimía un botón. La cabecera de la cama empezó a levantarse, Laura corrió las piernas de su madre, se sentó a su lado y con sus manos agarró su pequeño cuerpo y lo recostó sobre el pecho, consintió su cabello grueso para calmarla. De la misma forma que Berenice le calmaba el llanto cuando era una niña.


Yo no quería dejarte sola ese día ¡perdóname! expresó Berenice moviéndose desesperadamente e intentando agarrarse de la ropa de su hija. Laura la abrazó con fuerza y empezó a mover su cuerpo suavemente, de atrás hacia adelante, arrullándola No pasa nada repitió Laura hasta sentir cómo la respiración de su madre se normalizaba.


Sabes por qué estamos tú y yo aquí, ¿verdad? le preguntó a su madre. Ella asintió con la cabeza y Laura respiró aliviada. Esta vez no tuvo que recordarle que hace un año se tropezó cuando caminaba y al caer al piso, se lastimó el brazo. Desde ese día Berenice perdió la movilidad de su brazo y pierna derecha, y desde ese día Laura había cuidado a su madre. Quien ahora permanece todo el tiempo acostada en una cama, sin poder moverse, calmando su dolores con pequeñas dosis de morfina al día.


¿Quieres contarme qué has soñado? le preguntó Laura.


No fue un sueño. Te he visto a ti, tan pequeña, ese día… tú estabas ahí, agarrada al cuerpo de la abuela —sollozó Berenice. Laura continuaba apretándola entre sus brazos. En las últimas noches su madre había tenido la misma pesadilla, pero hasta esa noche le contó sobre ese recuerdo.


Berenice no tuvo la vida que alguna vez soñó, no fue como las cantantes que escuchaba de niña en la radio, ni siquiera tuvo la oportunidad para intentarlo. Era una noche calurosa, la pequeña Berenice no podía dormir, permanecía en su cama en silencio para no despertar a sus padres. Miraba sus pies estirados a través del cuadrado que dibujaba con sus manos cuando escuchó ruidos en la calle, se levantó para mirar por la ventana y de repente varios hombres interrumpieron en su casa, recuerda cómo un hombre cogió a su padre y lo arrastró a la mitad de la calle. Recuerda que saltó por los muebles intentando llegar afuera, pero que los otros hombres se lo impidieron. Las tenían atrapadas, a ella y a su madre, les levantaron la cabeza para que vieran cómo lo mataban. Berenice jamás pudo olvidar las súplicas de su padre, y odiaba eso, odiaba que ese fuera el recuerdo que le quedó de él. Nunca entendió por qué aquellos hombres lo mataron, su madre tampoco se lo pudo explicar, pues desde ese momento no volvió a hablar. Así, Berenice creció creyendo que simplemente las cosas le sucedían porque así estaba destinado.


Esa noche a Berenice le costó alejar a su madre del cuerpo de su padre, pero no tenían tiempo, aquellos hombres les dieron cuatro horas para desaparecer del pueblo y tuvieron que dejar su cuerpo, allí, tirado frente a la casa. Por varios días fueron invisibles ante los ojos de esa fría ciudad y así, de un momento a otro, a Berenice le tocó dejar de ser una niña.


Un viejo les alquiló una habitación en el centro de la ciudad, debían pagarla a diario, pero ella no conseguía trabajo; cada vez que salía por las calles, la ciudad le recordaba que ese no era su hogar. Con el tiempo Berenice terminó sirviéndole a aquel viejo a cambio de que ella y su madre pudieran pasar la noche sin temer a que el día siguiente las echaran. Con el tiempo el viejo se aprovechó y ella aceptó tener una vida junto a él porque nuevamente creyó que eso era lo único que podía hacer. No tenía la mayoría de edad cuando nació Laura, y Laura no tenía ni seis años cuando tuvo que huir, otra vez. Cansada de los abusos de aquel viejo, una tarde huyó con su madre e hija hacia el otro lado de la ciudad, donde las grandes construcciones desaparecían y unos pequeños ranchos en lata limitaban con la nada.


***


Dos años después Berenice no pudo evitar que su hija no viviera la violencia, durante los años que estuvieron con el viejo, nunca permitió que ella presenciará los abusos de este, pero en este país violencia es lo único que algunos reciben. Una mañana, Berenice llegó a la casa después de un turno de trabajo y vio el caos, a unos metros de distancia. En realidad, no se podía ver nada, los gases nublaban el panorama, sin embargo, ella se abrió paso entre los gritos y las heridas de la gente, buscando a su hija y a su madre mientras algunos uniformados sacaban a la fuerza a sus vecinos de las casas. Todo eran gritos, llantos y desespero. Las súplicas de sus conocidos le traían a la mente a su padre, creyó en un momento no poder seguir caminando, no podía respirar y la angustia se apoderaba de ella. Se enfrentó a un uniformado al tiempo que le gritaba que su hija estaba sola, que su madre estaba sola y que solo quería ir por ellas. Con sus fuerzas logró avanzar, pero la escena que se encontró fue peor de lo que imaginó. En una esquina vio el cuerpo de su madre intentando ser arrastrado por una pequeña niña que lloraba desconsolada.


La violencia le había quitado a Berenice su familia, la había arrastrado a una vida de abusos y maltratos y por más que intentó no pudo prevenir que su hija la padeciera. Siempre creyó que su enfermedad era un castigo por eso, creyó que revivir ese suceso en sus sueños era un recordatorio de su falla como madre. Pero qué equivocada estaba Berenice, ni ella ni Laura eran culpables de lo que les había pasado, la violencia sistemática en sus vidas era consecuencia del abandono de un estado que, además, condena a las personas a vivir sin oportunidades. Las palabras de su madre herían profundamente a Laura, pensaba que los dolores por la enfermedad era sufrimiento suficiente como para que ese recuerdo la persiguiera. Todas las noches la ponía en sus brazos, la arrullaba como a una niña, como lo hacía ella cuando la pequeña Laura no lograba conciliar el sueño después del día del desalojo; le repetía que no era culpable de nada y se quedaba allí hasta que pudiera volver a descansar. A veces lloraba en silencio, claro que ella recordaba ese día, a su abuela inconsciente, los gritos de la gente y el llanto de su madre; pero todos los días buscaba sanar el corazón de su madre, aunque en el fondo reconocía que todo el dolor se acabaría el día en que su madre muriera.



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