LECCIONES QUE EXCEDEN LA CÁTEDRA DE UNA SIMPLE PROFESORA DE INGLÉS

Por Licenciada en Lenguas


Permítanme, con toda la humildad del caso, impartir una serie de lecciones históricas, sociales y de género muy breves pero muy necesarias en estos tiempos de pérdida de la democracia, de graves afrentas contra los derechos humanos porque además de ser la docente de inglés expuesta y estigmatizada en Noticias RCN, soy antropóloga, feminista y ciudadana.

De acuerdo con el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica “San Carlos, memorias del éxodo en la guerra”, durante el conflicto interno armado esta población (San Carlos, Antioquia) vivió una dramática degradación de la guerra y la infracción al Derecho Internacional Humanitario por parte de actores armados legales e ilegales. La toma de los espacios educativos por los actores armados ocasionó daños a la infraestructura educativa del municipio y produjo efectos en las dinámicas y procesos de aprendizaje, convivencia y encuentro que estos posibilitan. La invasión del espacio físico de la escuela fue el punto de partida de actos de violencia, confrontaciones armadas, intimidaciones y amenazas a la población, que terminó desplazándose forzadamente. A la invasión de las escuelas se sumaron las amenazas y, en varias ocasiones, los asesinatos de profesoras y profesores que en un acto de responsabilidad y compromiso con la educación se negaron a abandonar su labor.


En los testimonios de maestros y pobladores de San Carlos se registran numerosas referencias de cómo algunos de estos educadores hicieron de la escuela un “espacio recuperativo”, en el cual reconocían, junto a sus estudiantes, el horror que vivían, constataba las afectaciones directas, recordaban a quienes desaparecían, reclutaban o se desplazaban. Una maestra del área rural atesora en su archivo personal los numerosos textos que sus estudiantes escribieron en los peores años de la violencia. Los escritos de los niños relatan la violencia que enfrentaban y comunican sus tristezas, sentimientos de dolor y cómo valorar lo que sucedía. Una iniciativa similar se dio en la escuela del área urbana del municipio hacia el 2002. Uno de los maestros comenzó a desarrollar en sus clases de español y literatura una propuesta de producción de textos literarios y biográficos. Por seguridad, estos escritos no se dieron a conocer durante varios años. Sin embargo, en el 2005, fue posible imprimirlos y hoy se encuentran en la Biblioteca de la escuela en la colección Construcción literaria que contiene cinco tomos con relatos de niños y niñas del pueblo sobre el conflicto.



Este conflicto de la ruralidad tuvo y tiene aún hoy en día necesariamente sus impactos en la población educativa en la ciudad. Entre las violencias que la niñez y la juventud ha tenido que vivir en ambos escenarios en el país se registran inclusión de niños y niñas a trabajos forzados en la minería, en producción de estupefacientes, en acciones con actores armados, en reclutamiento masivo por bandas de narcotráfico a jóvenes por parte de los paramilitares con el fin de presentarlos como combatientes desmovilizados; reclutamiento forzado de jóvenes por parte de la guerrilla, hechos de violencia sexual, violación, embarazos de jóvenes, proliferación del VIH-SIDA debido a la violación de niños, entre otros. La escuela tuvo que configurarse necesariamente como instancia no sólo para protección de la niñez y de la juventud en un país en conflicto, sino para comprensión y restauración del tejido social roto por la violencia, siendo una de sus expresiones más descarnadas aquella que se ensaña contra los cuerpos de las niñas, niños y adolescentes.

Una educación que no trata los temas que atraviesan la realidad de los estudiantes y sus familias es una que no está garantizando con plenitud los derechos de la infancia y la juventud; en especial en un país donde justamente el conflicto interno armado, que no ha sido superado, y el conflicto social por el que atravesamos actualmente, han imposibilitado su garantía. En la actualidad, muchos menores de familias de las instituciones públicas del país dejaron de recibir educación por la falta de inversión y cobertura de internet gratuito, tuvieron que hacer frente a una de las mayores crisis que la humanidad ha experimentado sin ayudas ni políticas estructurales como la renta básica. Estas mismas familias se vieron obligadas a salir a las calles ante el anuncio de una reforma tributaria que terminaría por dejarlos en la miseria y negarles a los más jóvenes cualquier tipo de futuro.


Si desde estas familias hay una petición de ayuda y auxilio que se callaron durante un año entero es porque definitivamente la situación se ve a todas luces insostenible, especialmente cuando en el ejercicio de exigir sus derechos en las calles (porque no hubo otro modo) es respondido por la represión de la fuerza pública. Estaríamos haciendo mal sino escucháramos esos llamados y los atendiéramos como comunidad educativa. Reprochable fue no hacerlo un año entero y haberse quedados atónitos e impasibles ante la desescolarización de un amplio número de nuestros estudiantes. Haber echado mano de eso habría excedido nuestras laborales como funcionarios públicos o docentes. Sin embargo, eso no nos impidió a muchas de nosotras y muchos de nosotros, afiliados al sindicato, donar parte de nuestro salario para los primeros meses de crisis. Es cierto que pudimos haber hecho más, pero también debemos dejar de mendigar lo que es derecho y para eso está el ejercicio sindical de los maestros y las maestras del país, para exigir mejores condiciones no por caridad sino porque es lo justo en un Estado Social de Derecho.


Espero haber hecho manifiesto a lo largo de estas letras porqué no me negué a la petición de ser un canal intermediario entre la recepción de mercados y ayudas de primeros auxilios a los manifestantes del antiguo Portal Las Américas. Yo no puedo ser un ente pasivo ante la injusticia cuando en mi proceso de formación en la Pontificia Universidad Javeriana me hablaban de la pedagogía del oprimido y la escuela crítica emancipadora. Ese fue el tipo de profesional y de docente que formó una de las más prestigiosas universidades privadas del país. Culpemos al pénsum que nos enseñan a los educadores, a los grandes pensadores de la humanidad que diseñaron teorías, de cómo lograr sociedades más justas y equitativas.


Echemos fuego a todas estas ideas a nuestro paso, no hablemos de género, ni de respeto por la diferencia, ni de colonialismo, ni de exclusión social, no hablemos del conflicto interno armado. Erradiquemos todas las cátedras de historia y ética del país. Así tendremos por fin una sociedad obediente que no se cuestione, que no haga bloqueos, ni apoye a vándalos y que presencie callada cómo se termina consolidando de una vez por todas en nuestro país un régimen donde pensar diferente nos cuesta la vida. Un país donde quien sale con un arma a amedrentar a las personas tiene el derecho a la palabra en un medio radial nacional y una docente junto con toda una comunidad educativa, compañeros, compañeras, estudiantes y acudientes, que se sumaron a una acción humanitaria, son tratados como criminales y temen por su seguridad y la de sus familias.


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