• Susana Domingo

LA UTOPÍA DE LA HEDOCRACIA

Por: Susana Domingo //

Congresista y su asistente de camino a una sesión del Congreso de la República Hedocrática; fotografía por Carol Neuschul, bajo licencia Creative Commons CC BY-SA 2.0.


Desde hace un tiempo para acá vengo trabajando en un colegio impartiendo unas pocas horas de clase, que si bien son pocas horas de trabajo en el aula tienen detrás muchas más horas de preparación y gestión (que al quedar invisibilizadas quedan, por supuesto, impagas). En virtud de estos hechos (sin mencionar otros que ya se dan casi por descontado en la realidad laboral colombiana: ausencia de prestaciones, vacaciones, primas, etc.) me convierto entonces en uno más de lxs tantxs empleadxs precarizadxs del país. Que yo supiera de las condiciones del trabajo cuando firmé el contrato no le quita la invisibilización y precarización de la que soy objeto; hay que separar estas dos cosas porque con frecuencia se esgrime lo primero como contra-argumento de lo segundo: recordemos que la venta y compra de esclavxs se hacía, también, con contratos en un lenguaje muy refinado y legal.

Con todo y esto, recibí noticias hace unos días de que una madre indignada había puesto una queja en mi contra porque no contesté un correo que su hijo, estudiante mío, me había escrito hace unos días preguntándome sobre las instrucciones para realizar una tarea que no le dejé y que decidió emprender por su cuenta, consulta que además se hace en el tiempo de receso de medio año. La situación se dirimió sin mayor dificultad por las razones obvias. Pero el asunto me dejó pensando. ¿Cómo es que a una persona se le ocurre exigir una disponibilidad permanente a una empleada precarizada? Me imaginé entonces un escenario donde esto no fuera un disparate completamente fuera de lugar; supongamos, en un experimento mental e hipotético, que me pagaran por esas pocas horas de clase no algo menos del mínimo (como es en realidad) sino, digamos, unos treinta y dos millones de pesos al mes, ¿bajo estas condiciones sería aceptable semejante exigencia? El sentido común de nuestra avanzada civilización nos diria que no, porque eso iría en contra de los derechos laborales básicos y lo acercaría a una especie de esclavitud contemporánea; pero a pesar de nuestra avanzada civilización ahí estaba la madre del estudiante exigiendo sobre su profesora/esclava.

¿Por qué, entonces, estamos dispuestxs a exigir semejantes esfuerzos a un empleada precarizada y no, por ejemplo, a un congresista que gana 32,5 millones de pesos al mes?[1] De hecho, no sería mala idea exigirles jornadas de trabajo de 24 horas, secuestrarles en el edificio del congreso e impedirles volver a su casa hasta que no terminen su periódo de cuatro años. Podríamos acomodarles unas lindas y cómodas camitas en los sofás de los pasillos; por supuesto les daríamos sus tres comidas diarias, que no somos monstruos tampoco. Aun más, podría derivar en una bella y consensuada relación de dominante y sumisx (con contrato y todo) experiencia que podríamos hacer tan tortuosa y difícil de soportar que solo las personas con una verdadera vocación por el servicio y la sumisión se vieran llamadas a llevarla a cabo, personas dispuestas incluso a renunciar al modesto pago de 32,5 millones por tan honorable labor; atadas a sus sillas de cuero, obligades a legislar con un dildo en el culo en beneficio de su ama: la Gente (y digo en el culo porque culo tenemos todes, es el organo de la democratización del placer).

A algunes les parecerá indecente y decadente (tendrían razón) pero en todo caso representaría una mejora abismal con nuestro actual Estado de las cosas. Para empezar, las relaciones de dominación y sumisión se fundamentan en la confianza, lo que sería un camino muy eficiente para que nuestrxs gobernantes logren ese propósito de recuperar la confianza institucional, tan certeramente publicitado, pero tan pobremente alcanzado. En segundo lugar, en nuestra imaginada sociedad el consentimiento es crucial, por un lado nadie daría su voto con un fusil en su espalda (ni con el fusíl literal ni con el fusíl simbólico de la miseria, el hambre, el miedo y la ignorancia) y por otro quienes quieras ocupar estos honorables cargos lo harían con una voluntad genuina de sumisión, es más, quizás ni siquiera haga falta realizar elecciones, todes quienes quieras gobernar pueden hacerlo bajos las condiciones de completa sumisión mencionadas. Por último, sería una relación basada en el placer y al estar la sociedad estructurada desde sus estamentos gubernamentales, esta se vería convertida entonces, por extensión/imitación, en el delirante thiasos dionisiaco ¿qué mejor sociedad que una que procure el placer a sus integrantes?: Sería esta la nueva utopía de la hedocracia.

[1] Según https://www.larepublica.co/globoeconomia/ranking-de-los-sueldos-de-los-congresistas-en-america-latina-colombia-en-la-segunda-casilla-2940507

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