• Redacción

IN-DETECTABLE: Nada es obvio ni evidente



Estamos construides con imaginarios prejuiciosos. Las generalizaciones parecen ser la mayor destreza de la ética contemporánea. Nos concedemos el derecho de considerar obvio o evidente lo que medianamente salta a la luz, pero lo manifiesto, aquello que está pero que muchas veces no se dice o no se ve porque se invisibiliza en esa generalización, lo dejamos de lado o no nos importa resaltarlo. Los relatos, con la viveza que trae la evocación de lo vivido en voz propia, han sido la forma que, incluso en las ciencias sociales, intentan extraer de lo más cotidiano lo que nos constituye, lo que nos hace diferentes, lo que hace que no seamos fotocopias. Que la realidad, con sus luchas y contradicciones, es más compleja de lo evidente y lo obvio que siempre se dice o se muestra. Esta sección busca, más que hacer una prueba o un test, generar reflexiones, casi siempre con voz propia, para animar el derrumbe de esos imaginarios perversos y en ocasiones letales sobre los cuerpos disidentes y contrahegemónicos.


IN-DETECTABLE 1:


“A las maricas también nos gusta el fútbol…”


El binarismo obliga a pensar que aquello que hacen las mujeres no lo pueden hacer los hombres y viceversa. Y esto también se refleja en los cuerpos masculinizados o feminizados de las diversas formas posibles. Se piensa que el cuerpo feminizado no puede estar asociado al fútbol, aunque las mujeres sí entraron y las entraron con machiruladas como las Chicas Águila en los 90 y 2000 o con las experiencias relatadas banalmente de mujeres siendo hinchas del fútbol. Ahora un buen grupo de mujeres lucha en el mundo porque no les ningunee y puedan ser reconocidas como profesionales de este deporte. Pero en medio de todo esto ¿cómo entramos lxs maricas al fútbol? En este primer IN-DETECTABLE veamos si realmente a lxs maricas no nos gusta el fútbol.


Alejandro – 34 años, es hincha (del América de Cali) desde hace 25 años.


“Llego al fútbol por dos circunstancias. Una, porque se jugaba en el barrio, jugábamos banquitas… Era el parche del barrio para no estar en la casa y para interactuar con más gente. Como era el más chiquito de esa generación era el del gol, además de ir desarrollando habilidades para la defensa. Principalmente jugaba después en la retaguardia.


Siempre fui hincha del América. Mi mamá nos regalaba de navidad las camisas cada año con una estrella porque justo el equipo fue campeón varios años… Además, Girardot FC, equipo de mi ciudad, estaba en esos años en la B y era el poco contacto de Girardot con el fútbol profesional. Además, no me cobraban y al final me quedaba para cuando los jugadores retornaban al camerino y me metía para verlos en las duchas para ver los cuerpos de los jugadores. Ahí fue donde aún más me interesé en ir a la cancha porque al final estaba ese premio final de entrar al camerino, ver a los jugadores duchándose… sus cuerpos bastante elaborados, lo que hacía más excitante la experiencia. También en el colegio el fútbol fue la forma de tener más contacto con los hombres… Así me puse a jugar más y mejor. Era una forma de compartir espacios de socialización masculina, al final también se podía ir a las duchas y tener contacto con mis compañeros, pero hasta el día de hoy sigo jugando fútbol porque además que me gusta, es la forma de tener contacto con hombres. Por eso soy una marica futbolera; (...) además de ser un deporte masivo en el mundo y muy saludable es también un tema de interés general para entablar charla, vínculos y relaciones con gente. Me he alejado del fútbol-espectáculo más que del fútbol-deporte porque allí se pierde la gracia del deporte. Me importa más el juego que la vida privada de James o Falcao”.


Juan Camilo – 32 años, futbolero desde chiquite


“Desde muy pequeño, sobre los 13 o 14 años, iba con algunos primos al estadio. Me parecía un gran plan, me divertía mucho. En ese momento me parecía de las cosas más importantes del mundo. No había muchas preocupaciones. Después, cuando fui creciendo, seguía el fútbol si me invitaban a verlo en una casa con amigos. Nunca he sido de quienes se saben todos los jugadores y esas cosas, no es mi fuerte. Pero si entiendo el fútbol, me emociona. Por eso empecé a ir en esos años con familiares y amigos con una barra. Íbamos a popular oriental (en el Campín en Bogotá) en donde había unos chicos que antes iban a Comandos (una de las barras grandes de Millonarios). Gente más grande que dejó de ir a Norte para ir a Oriental. Al comienzo fue chévere porque era ir al estadio sintiéndose parte de un grupo.


Pero debo admitir que con el paso del tiempo me iba desencantando por todos los sentidos. Empezó al ver que era un espacio donde la fuerza era la predominante, entonces no soy ni me gusta la fuerza. Soy muy fácil de que me golpeen, me roben y demás. Al ser ese es un ambiente donde el factor fuerza es muy presente y primordial, eso me hacía ver desde otra perspectiva el fútbol. Sin embargo, como es una vez al mes o cada 15 días, pues es manejable. Creo que por eso, por algún tiempo, uno o dos años estuve con esta barra que me llevaba. Además porque mi primo tenía moto para llevarme al estadio y luego a la casa, no gastaba sino lo de la boleta, además de tener descuentos y facilidades. Por eso iba.


Pero luego me desencantó oír que gritaran cosas misóginas como “corra maricón, ábrase de pata”. En medio de mi clóset y ver que parte de mi familia tenía esas costumbres sexistas en el fútbol me molestó bastante, no me representaban. No soy patriota y serlo así fuera en sentido figurado a través del fútbol era complicado y falso. Es un ambiente hostil, racista y facho. Regionalista, además. Todo esto me alejó del fútbol. Yo no quería ser ese hombre o tener esa masculinidad. Hoy en día es sólo un plan agradable para estar con amigos, comer algo, tomar pola y pasarla bien, ya nada más. No sé si, como dice Lemebel, las maricas tengamos lugar en este mundo del fútbol.”




Julián – futbolera marica desde los 5 años.


“Ser un marica futbolero me ha servido para romper estigmas e imaginarios que existen alrededor del fútbol. Por ejemplo, cuando llego a un nuevo trabajo me preguntan si lo juego y yo cuento que desde los 5 años estoy en escuelas de fútbol. Eso ayuda a romper el estigma erróneo de que los únicos que juegan fútbol son los hombres heterosexuales y que no hay cabida para los gays. Eso es lo más chévere, ayudar a romper imaginarios. Soy el marica futbolero más orgulloso, hincha del Atlético Bucaramanga, equipo de la tierrita.


Voy al estadio. En Bogotá solo he ido una vez cuando vino el Bucaramanga a jugar con Santa Fe. Me gusta ver fútbol todo el tiempo. Soy espectador. En Bucaramanga iba mucho al estadio con mi familia, ya acá en Bogotá no voy mucho porque no está acá mi equipo pero no tengo lío en ir a ver un Santa Fe-Equidad. No tengo parche para ir porque no hay parche o grupo de gays que les guste o jueguen fútbol. Importante detalle, ¿no?”.


David (Yo) – Futbolera hace 25 años


La primera vez que fui a una cancha fue en 1995. Jugaba Millonarios Vs Junior (campeón en de ese torneo y hasta con el Pibe Valderrama en la nómina). Desde esa tarde nació mi amor no sólo por Millos sino por gran parte del ritual del fútbol. Aunque soy más malo que Stiven Medina, Hamilton Richard o el “tronco” de la época de cada quién, ir a un estadio, verlo por TV o saber de la historia y viejeras del dizque “deporte rey” me mueve más a veces (lo digo con placer culposo) que, incluso, cosas de mi profesión o militancia porque a veces me olvido más fácil de quien escribió un libro o una teoría política que cómo quedó la final del Mundial de 1978 o el campeón en Colombia en 1949.


Por cosas de la vida, sólo pude ser libre ante el mundo como marica a los 21 años, cuando ya llevaba casi 15 de hincha. En la Universidad Nacional se sorprendieron mis compañerxs cuando supieron de mi mariconeo, ya que la mayor parte de la carrera me veían mucho con la camiseta de Millos, pelo largo y fumando marihuana. Parecía más un barrista que un maricón, como si fueran necesariamente contradictorios. Después, esos colegas y amigues me dijeron que no se imaginaban que fuera marica, porque mi aspecto de futbolero no era muy correspondiente con el prototipo de ser gay. Pareciera que esto se sumaba a esa perversa figura, de la cual fui víctima, de “¡Ay! Usted es marica, pero no se le nota”, como si ser futbolera me hiciera menos maricó. De hecho, dejó de gustarme con tanta fuerza en los últimos años más por darme cuenta de lo mafioso que resulta el operar de organizaciones como la FIFA, la Conmebol y la Federación Colombiana y de lo acomodado y neoliberal que es todo lo relacionado con este deporte. Nada más cercano a un verdadero lugar de resistencia que el de decir “soy marica y también me gusta el fútbol”.


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