• Redacción

Epístola a mi querida madre



Por Andrés Franco //



Bogotá D.C.


Para: mi querida Madre

De: un muerto


Si tan solo fuera un chico, sería el mejor hombre. Caminaría descalzo por la vida, cargando el peso de estos problemas. Si tan solo fuera un hombre, sabría qué se siente ser invencible, me pondría cualquier cosa y saldría así a la calle. Me dibujaría media luna cada día en mi rostro para conquistar mujeres. Sabría qué se siente amar a una mujer, tocar su suave piel con sentimiento. Delimitar su cuerpo sin culpa, solo con deseo.


Me gustaría ser un hombre, encajar en ese significado natural que le das tú, madre; pero no lo soy. No soy tu hijo, no soy un hermano o un amigo. Soy tu hija, una hermana y una amiga, que poco a poco se crea a sí misma, con actitud, con sonrisas propias y miradas fijas. Porque, aunque tú no lo creas, soy esto, una chica con voz gruesa, con brazos fuertes y falda de encaje –me hace ver más delgada.


Espero estés bien, madre, yo lo estoy. Y no, no estoy muerta; o no de la forma que quieres. Estoy viva, en esta carta, en esta tinta que espero te abrace esta noche. Espero que estas palabras sonrojen a aquella mujer que me inspiró a no ser como ella, a una mujer que es digna de amar, pero no de admirar. Madre querida, eres hermosa pero esclava de lo aburrido, de lo injusto, de lo inhumano... aunque no fuiste el mejor ejemplo y hoy te pasen cuenta del daño tan grande que me hiciste en el pasado, espero de todo corazón que te mejores. Nadie merece estar postrada en una cama, sin familiares, sin hijos o amigos. Te encargaste de alejarnos a uno por uno, pero acá estoy yo, regalándote estas malditas letras que se manchan de vez en cuando de odio y amor, que siguen en cada coma y no se detienen en los puntos finales.


Hoy me llamo Alice, ya no hay nada de Marcos… Bueno, sí hay algo, las cicatrices que me hiciste de pequeña, cuando pintaba mis labios con crayolas o me encaprichaba en llevar una tiara, y tú me golpeabas con tanto odio –hasta el día de hoy esa es mi pesadilla más grande– que me hacías dudar si saldría viva de eso. Pero no te culpo, todo conspira contra mí y las personas como yo. Ustedes no aceptan que algo se salga de lo que conocen, le huyen a lo nuevo, a lo que de verdad paga jugar: a ser uno mismo. Ustedes, simples mortales llenos de odio, son crueles pero no son buenos en lo que hacen. Acá estoy yo, sentada, orgullosa de cómo me veo, cómo me siento y cómo me respeto. Y es que, madre, tu odio tiene fecha de caducidad, ya no hay casi límites para las personas, ya no les importa eso. La generación, esa nueva, a la que le temes tanto, hará cosas grandiosas. Ya no nos esconderemos ni caminaremos por la vida jugando a un: «sí, pero no se me nota». Somos más que esto, somos más que una frase, que una mirada o un buen perfume. Y después de todo, te doy gracias. Gracias a ti supe cómo no ser, cómo no temblar ante lo que nos da miedo, así me cague encima. Lucharé con tu nombre, porque creo que a eso te reduje, a un nombre de lucha y no de amor.


Y no lamento ser lo que no quisiste, no lamento no jugar fútbol o escupir al piso. No lamento no tomar a las mujeres como papel, dibujar un apodo en su pecho y largarme con el sol. Bueno, discúlpame por esa percepción tan mala de los hombres, pero así me los mostraste. Aunque la vida me demostró que, en nosotros, lo bueno o lo malo no va cargado en el cuerpo que portemos, ni en la condición física, va más allá; pero no está en su cuerpo, te lo garantizo.


Madre, te deseo lo mejor. Y si mueres, que te abracen tan fuerte como para sentirte acompañada, te despidan con una canción de amor y regalen a tu cuerpo rosas rojas. Yo no iré a tu entierro, yo ya te enterré y perdoné hace mucho tiempo. Te amo, y cada vez que veo una estrella, esa que tú decías que era Dios –como siempre alucinando–, me acuerdo de ti y me hago más fuerte, porque te llevo adentro, en un rinconcito de mi corazón, acostada en una cama de rosas blancas.



Con cariño, Alice.





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