CADENAS DE SILENCIO

Por Velia Vidal Romero

>Escritora. Directora de Motete (Empresa cultural chocoana con sede en Quibdó y Bahía Solano). Comunicadora Social – Periodista. Certificada en estudios afrolatinoamericanos. Especialista en Gerencia Social. Estudiante de Máster en Literatura Infantil y Juvenil y promoción de lectura<


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En los últimos años he recibido varias invitaciones a escribir artículos de opinión. Cada vez me he negado aduciendo que no tengo tiempo para hacerlo, o que no tengo nada interesante que decir. Solo hasta hace muy poco me atreví a publicar un par de hilos en Twitter sobre racismo. Aun en ese espacio libre y personal me limitaba una especie de autocensura, un miedo quizá a ser cuestionada, temor de decir lo que quería o lo que creía que debía decirse, una angustia anticipada por el riesgo de ser mal entendida o de recibir respuestas hostiles.


He sido crítica de la autoedición y del uso de algunos medios no convencionales para hacer reclamos sobre el racismo y la exclusión. He sido crítica también de las formas y el lenguaje que se usa para protestar, para reclamar, he cuestionado los argumentos mal expresados y las quejas sin argumentos, los gritos cargados de rabia, las discusiones sin aparente propósito. Sin atreverme a decir nada.


La semana pasada conversé con una amiga sobre ese miedo, ambas somos profesionales con posgrados, comprometidas con nuestro trabajo y vivimos en constante estudio y análisis de nuestras circunstancias individuales y como pueblo negro. Compartimos las críticas a la autoedición y ciertas formas de hacer los reclamos. Ambas somos negras.


Luego de mucho dar vueltas sobre el asunto, llegamos a la idea de nuestro posible error. Comprendimos o decidimos ver que buena parte del racismo y la exclusión se basan en la invisibilización, en la negación de la voz por el simple hecho de ser afros.


¿No estaremos acaso aceptando con nuestro silencio esa invisibilización? Callar, cuando se tienen argumentos de peso, que para nuestro caso arranca con la existencia misma y todo lo que trae consigo ¿no es aceptar que tenemos colonizado el pensamiento?


Pasamos entonces mi amiga y yo a celebrar a quienes gritan, a aquellas que se han tomado la voz sin pedir permiso, las que no han esperado, como nosotras quizá, que los espacios de poder las validen. Alabamos a las que han decidido escribir y publicarse donde estén, sin esperar una calificación de quien en realidad les oprime.


Entendimos o aceptamos quizá que nuestro silencio es también el éxito de quienes nos oprimen, que cada vez que callamos ellos ganan otra batalla en nuestras mentes.


Sus prácticas y descalificaciones repetidas por siglos nos hicieron inseguras, dudosas de la calidad de lo que hacemos y escribimos, dudosas de la validez de lo que pensamos y tenemos para decir, culpables aun sin haber pronunciado una palabra.


Aun cuando hemos pasado la barrera de la falta de educación y acceso al libro de nuestras abuelas, cuando nuestro lenguaje corresponde a lo validado, terminamos convencidas de que nadie querrá escucharnos o leernos.


Entregadas a la idea de que nuestras voces no importan lo suficiente, hemos cedido ante quienes, parados en la convicción de su supremacía y capacidad de comprenderlo todo, incluso a nosotras, se abrogan el derecho de hablar y escribir hasta de nuestros sentimientos, y asumen que contando nuestra historia nos hacen el enorme favor de darnos voz.


Nosotras, que repetimos una y otra vez la necesidad de que cada una se cuente desde su lugar, callamos y aceptamos con ese silencio que quienes explotan desde su poder académico, mediático o político, valiéndose de su superficial conocimiento de nuestras vidas y nuestras comunidades, a quienes a veces llamo objetos vividores de nuestra identidad (OVNIS), sigan usufructuándose del mezquino ejercicio de estar del lado de los excluidos y por tanto sentirse en la capacidad de hablar por ellos.


La conversación con mi amiga desembocó en esto, en el arrojo de escribir estas palabras y el ánimo mutuo de escribir otras tantas. Palabras que no sean solo literatura, como hasta ahora lo hemos hecho, escribir sin que corresponda a una agenda impuesta por una entrevista, escribir y contar lo que queremos y sentimos que necesitamos decir. Habrá quien tenga oídos para oír y ojos para leer, pero eso es otro asunto.


Con esto no renunciamos a la valoración de la calidad, ni al reto de conquistar espacios que no hemos tenido, ni negamos la importancia de las formas. Persistimos en la necesidad de ser claros, de argumentar, de estar formados y sustentar las ideas.


Renunciamos al miedo, a la cadena del silencio que, habiéndonos sido impuesta, no hemos conseguido romper del todo.

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