AMOR Y VIH

Por: Brian Alvarado Pino



Hay un montón de cosas que crees que nunca te pasarían a ti en la vida, a tus amigues o a tus familiares. Hay alguna razón por la que nos creemos invencibles e intocables ante lo inesperado y lo extraño. Hay una extraña convicción de pasar por la vida sin que la vida pase por ti, pero cuando nos enfrentamos al amor pocas certezas existen realmente… o quizá ninguna. El amor llega para derribar cualquier verdad y cualquier prejuicio; como el VIH.


Hay, también, muchas maneras en las que está presente el amor en mi vida; mi mamá, mi papá, mi abuela, mis hermanos, mis amigues, mis gatos, mis exes, en fin, hay muchas formas en las que lo tengo día a día. Y el VIH ha tocado todos esos espacios del amor. Todos.


Claro, no siempre estuvo ahí conmigo, no tanto como el amor pero sí vino de manera contundente de la mano de él como una avalancha.


Llegó de repente y sin ninguna advertencia con uno de mis hermanos y yo quedé helado. Sin palabras en mi cabeza y en mi boca. Y cuando digo de repente no exagero. Llegó tan rápido como se fue mi hermano. Un hermano heterosexual, por si tenían la duda y para que de una vez vayan quitándose el mito de que el VIH es “cosa de gays”.


En ese momento el VIH dejó de ser un asunto de otras personas, por el que tenía empatía y vagos conocimientos e incluso, debo decir, tenía miedos, para convertirse en un asunto muy mío.


No recuerdo con nitidez cómo era ese miedo porque el amor por mi hermano fue y es mayor, pero sí que existió y estuvo ahí por mucho tiempo.


Y se hizo más constante, tanto el miedo como el VIH. Luego de mi hermano fueron unos amigos, entre ellos uno que amo profundamente y es como otro hermano. También apareció un chico que me gusta(ba) y luego llegó un gran amor con el que compartí los últimos dos años y aún permanece en mi vida. Luego otro amigo. Y así, es algo hoy permanente y lo agradezco porque poco a poco ese primer miedo ha sido desplazado por el amor.


El problema no es el VIH o cualquier otro virus, el problema es que nos dejamos engañar por el miedo y guiar por él. El miedo nos lleva muchas veces a herir a otres y a nosotres mismes. No se trata tampoco de negarlo; existe y surgirá siempre que nos enfrentemos a lo desconocido. Se trata de enfrentarlo, tomarlo de la mano y ayudarle a morir para no morir nosotres por él, porque si bien nadie (hoy en día) tiene que morir de VIH sí hay quienes mueren conducidos por el miedo, y no hablo de manera metafórica.


Vivir sin miedo es muy bonito. El VIH me ha enseñado eso a través de mis amores y quisiera que las personas que leen esto sepan que no hay peor virus en estos tiempos que ese y que acompañado de desinformación es probable que se convierta en odio. ¿Para qué uno querría vivir con odio y con miedo?


Finalmente, quisiera poner acá todos los nombres de las personas que me he cruzado en la vida y/o que permanecen hoy en ella para enseñarme a vivir sin miedo, pero es largo y tampoco quiero exponerles por mi vanidad de pseudoescritor. Sin embargo, ellas saben quiénes son. Sepan que a muchas de ustedes las amo profundamente y las admiro.


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