AL SON DEL TANGO QUEER*


Por: Stephanie Liévano


En la constante búsqueda de encontrar espacios donde la danza y la escritura se unifiquen, el escrito de Laura Andrea Vigoya Arango da cuenta de la vivencia propia y su pasión por el tango; un tango que surge del entusiasmo por investigar las vertientes que tiene este género y para ir más allá de unos pasos de baile. Su narrativa por el mundo de la milonga resalta la importancia de ser conscientes de lo que ocurre en nuestro cuerpo, ya que cada ejercicio que nos brinda la academia nos pone un desafío para conocernos y conocer al otro.


La experiencia de Laura a la hora de tomar la danza como constructor de pensamiento, es decir, "bailo para generar un cambio en mí y en el otro, para derribar barreras mentales, para producir el cambio". Se dio a partir de encontrar el tango QUEER; un término que parte de lo extraño, raro y extravagante. Que busca replantear lo que pensamos del género y la sexualidad, para deconstruir los roles binarios impuestos por la sociedad. Todo esto nos lleva a reflexionar cómo nace esta investigación de cuerpos, de cuestionarse cada proceso evolutivo que pasa en nuestro interior. Es así, que desde el tango queer se hace una transformación desde la composición musical, rompiendo los esquemas tradicionales e incorporando el tango electrónico.


Entonces, el tango queer da la posibilidad de experimentar al otro, de sentir los cuerpos que están en pro de ser motor de permanentes transformaciones, de ser movilizados y dejarse permear por la música de su entorno, cuerpos que tienen memorias y parte de la corporalidad es darse la oportunidad de estudiar esos campos biográficos. De esta manera, pensar que la música tiene un impacto en los cuerpos y en el contexto que se presente, se puede analizar los procesos creativos que se implementan en las academias de danza, transformando los estereotipos sociales y resignificar estos órdenes binarios.


La música es el principio de transformación y se da de la mano de los cuerpos, un inicio de cambio de roles, sintiendo la energía masculina o femenina que sucede a la hora de adueñarse del espacio y sentir la sensualidad de las vibraciones de la música y el dejarse llevar por su pareja.


A continuación, los invito a que disfruten de esta historia y sientan el tango desde la escritura, una escritura que sensibiliza y cuestiona el baile para pensarlo desde lo consiente e invertir las posibilidades que brinda la materia, un cuerpo performático que llama a ser cuestionado y replanteado para ser libre.


*Texto de Laura Andrea Vigoya Arango, que le da titulo a esta publicación y el cual se referencia en las anteriores palabras.


Desde muy pequeña mi familia siempre me inculcó el arte. Mis abuelos sacaban la guitarra y entonaba unas cuantas canciones de sus épocas mientras mis abuelas bailaban sin parar, después se transmitió de generación a generación hasta llegar a mí. En un principio bailaba flamenco, un género que por tradición familiar adopté, sin embargo, con el paso de los años y el desarrollo de mis gustos empecé a inclinarme por el apasionante tango. Era enero del 2011 cuando decidí tener mis primeros acercamientos a la danza de un género que desde muy pequeña había tenido la oportunidad de conocer, el tango siempre había estado presente en mi vida; su fuerza y su pasión eran elementos claves que de alguna manera describían perfectamente lo que era yo. Mi abuelo, paisa, se había encargado sembrar grandes semillas tangueras en mí y por supuesto los frutos se vieron años después cuando por primera vez me salía del simplemente escucharlo a empezar a sentirlo. Fue en el 2011 que di mis primeros pasos al compás del 4x4 y junto a Pugliese, D Arienzo, Canaro, D angelis, Troilo, Goyeneche etc. me entregaba en un mar de sentimientos corporales y mentales.

A los 7 años me empezó un trastorno mental llamado “trastorno de ansiedad” y durante mi vida no había logrado encontrar alguna medicina más efectiva que esta práctica, lo que causó mi acercamiento pleno a él. El tango, por lo tanto, era algo que ya no sólo se apoderaba de mi mente sino además de mi cuerpo. Llegó un momento de mi vida en el que sólo respiraba y sentía tango. Las clases las tomé en la Universidad de Rosario durante 4 años, junto a un grupo de personas interesadas en aprender, mi profesora Moryn Gutiérrez siempre nos guiaba los pasos para ser buenos bailarines, dejando un poco de lado nuestra condición de estudiantes. Moryn estaba escribiendo una obra de teatro que hablaba de la historia del tango razón por la cual pasábamos muchas horas a la semana ensayando y asistiendo a las clases. Yo por mi parte, ya había leído mucho acerca de la historia del tango, pero fue hasta que me vi envuelta en su dinámica que decidí empezar un trabajo de investigación sobre él. Se puede decir que en un principio fue bastante complicado alejarme 38 del papel de enamorada del tango para centrarme en el de investigadora ya que de alguna manera esto generaba filtros que hacía ver ese género que por mucho tiempo fue utópico en mi vida desde una posición completamente crítica.


Lo queer siempre había sido una incertidumbre en mi vida, en la academia hubo un acercamiento mínimo a toda su conformación social y dentro de mi vida personal jamás fue un tema de discusión, de hecho más de la mitad de mi familia ni siquiera sabía de la existencia social de la palabra. Por otro lado, el tango siempre me había interesado desde una perspectiva mucho más feminista, analizando el papel y la problemática de la mujer hasta que un día dentro de una conversación me pregunté por el papel del hombre y la posibilidad de una feminización de éste en el tango. Tuve la oportunidad de realizar un viaje a Buenos Aires en donde pude adquirir algunas herramientas literarias para mi investigación dentro de las cuales me encontré con el maravilloso mundo del tango queer. Debo admitir que me sentí realmente atraída no sólo por lo que leía sino también por la necesidad de experimentarlo. El tango queer no era sólo una práctica contestataria al tango, era la ruptura de unas normas sociales sobre nuestros propios cuerpos y quienes pertenecían a esta práctica eran propulsores de todo un nuevo esquema genérico, sexual y corporal.


Así fue como finalmente me vi envuelta en un callejón con múltiples salidas atractivas y la situación se volvía más atractiva a medida que iba conociendo sobre el mundo del tango queer en Bogotá. Mi primer encuentro fue con María Quevedo, la mujer que se puede decir trajo el tango queer a Bogotá, el gran problema es que María se había ido de Bogotá precisamente porque no había logrado generar un impacto en el campo del tango queer. Sin embargo, me recomendó a la única persona que había decidido seguir con la práctica, esa persona era Brandon Bedoya. No dude ni un segundo en comunicarme inmediatamente con Brandon y comentarle mi interés por investigar más acerca del tango queer. Por otro lado, llegaba al final de mi momento académico en donde ya definía las ramas de la antropología por las cuáles quería seguir mi camino. Finalmente, llegué a un punto en donde se mezcló mi interés por el cuerpo, el género y lo visual y la práctica del tango queer.


En estos espacios pude ver que aunque no había mucha diferencia a las clases de tango tradicional que yo había recibido, si hay elementos en los que hay distinciones. Primero, en lo relacionado con el lenguaje. Como es de suponerse el lenguaje que utilizan en el tango tradicional al dar las clases es completamente heterosexual. En mis clases de tango tradicional, era bastante evidente la separación de roles entre hombres y mujeres. Moryn hablaba en términos de “lo que deben hacer las mujeres y lo que deben hacer los hombres”. En las clases de tango queer había un cambio en el lenguaje. Brandon ya no hablaba en términos de hombre- mujer sino simplemente en el de conductor y conducido (sin tener ninguna importancia de quien se apropiara de este papel). Por otro lado, es muy común en el lenguaje del tango tradicional escuchar cosas como: “Tienes que verte más elegante”, “tienes que ser más sensual”, “Tienes que verte liviana” cuando va dirigido hacia mujeres y “tienes que ser más imponente”, “Más masculino” hacia lo hombres. En el tango queer se da un lenguaje diferente porque no hay una forma única de ser según el género ya que el género no se contempla dentro del tango queer.


Segundo, el cuerpo. En el tango tradicional es importante la feminización de la mujer y la masculinidad del hombre. El cuerpo es entonces trabajado para que la mujer se estructure de tal forma que pueda brindar una buena compañía al hombre dejándose guiar fácilmente. Por el lado masculino, siempre es importante dominar a la mujer, no dejar que se exceda en los pasos que se le pide y mucho menos que vaya a proponer nuevos movimientos. En el escenario el cuerpo es trabajado con mucha más exigencia, las mujeres deben mostrarse estilizadas y saludables, los cuerpos por lo general deben ser esbeltos, para los hombres no hay tanta exigencia desde lo estético, sin embargo, si hay una preferencia marcada por los bailarines que son altos. En el tango queer, el cuerpo es la materialización de un sentir y pensar, el transporte de los movimientos. El cuerpo en el tango queer es una construcción visual desde el punto de vista en que se vuelve controversial a lo que se piensa sobre la danza de un tango tradicional, el hecho de que las mujeres usen una ropa que no es ajustada y propongan, que los hombres se pongan tacones y hagan también parte de un rol conducido, genera gran impacto para los tradicionalistas del tango. Por otro lado, es interesante ver cómo desde un campo mucho más personal, la construcción del cuerpo en el tango queer no sólo es el reflejo de todo un prototipo de lo que se concibe como el cuerpo “ideal” sino también es la ruptura de esos prototipos que divagan entre lo social y lo 46 personal. Finalmente, las clases de tango queer son espacios para que, más allá de aprender a bailar tango, haya una aceptación y concientización del cuerpo no sólo desde lo físico sino también desde lo social.


Y tercero, las formas de enseñar adornos y pasos. En lo tradicional, la forma de enseñar siempre era por medio de tangos tradicionales, tangos viejos que ayudan a coger el compás y explorar diversos adornos. Moryn siempre nos ponía a caminar por todo el salón marcando el 4x4 mientras sonaban las canciones, luego solía ponernos a caminar hacia adelante y hacia atrás enseñándonos diversos adornos. A las mujeres por lo general, nos ponía a trabajar mucho adornos y piernas más fluidas frente a un espejo con un tubo. El las clases de tango queer, Brandon utilizó un método mucho más controversial a lo que yo estaba acostumbrada. Sus calentamientos y enseñanzas de pasos eran a través de otro tipo de ritmos musicales como los brasileros. Únicamente utilizaba los tangos cuando llegaba el momento de bailar o poner a bailar piezas completas a sus estudiantes. El involucrar otros ritmos, por lo tanto, permite una visión integral del tango además de relajar un poco más el cuerpo sin dejar de lado temas como la postura.


Después de cuatro meses de estar presenciando las clases y hablar acerca de mi investigación, Emperatriz me contó un poco acerca de su historia, era una mujer que había pasado por diferentes accidentes traumáticos, era heterosexual, trabajaba y tenía una familia. Su experiencia dentro del tango no había sido del todo óptima, de hecho hasta que se encontró con Brandon decidió retomarlo en su vida. Uno de los grandes problemas que había tenido era principalmente por su cuerpo y su dominancia en el baile, los profesores por los que pasaron siempre criticaban su postura poco “femenina” y le hecho de que no se dejara guiar. Por supuesto eran profesores de un tango completamente tradicional y afianzado a los roles de mujer y hombre. Ella era una mujer con muchas inseguridades frente a su cuerpo, Brandon me había comentado que rara vez asistía a una milonga precisamente porque no era capaz de mostrarse bailando frente a la gente. Sin embargo, al encontrarse con el tango queer, Emperatriz obtuvo una mirada mucho más abierta sobre su cuerpo y su rol en el baile, se dio cuenta que amaba conducir a pesar de que en su vida cotidiana no era tan dominante.


Según Ermel, su hermana, fue un proceso difícil pero bastante óptimo para ella como mujer porque al encontrar un espacio que legitimaba su posición, logró adquirir mayor confianza de ella como mujer en su vida cotidiana. Ermel por su lado, era una mujer completamente dominante, conversadora, sentimental y muy consentidora; era viuda y tenía sus hijos ya grandes y profesionales. Mi asistencia a las clases siempre estuvo acompañadas de onces, risas y charlas extensas. Me causó mucha curiosidad que una señora de edad le gustara el tema del tango queer, sobretodo que aceptara con tanta facilidad sus objetivos. Después de conversar con ella pude notar que, aunque aceptaba lo que el tango queer propone, para ella era mucho mejor el hecho de bailar tango tradicional ya que según ella “era el único espacio en el que se dejaba dominar de un hombre sin ningún problema”. Esto me pareció curioso sobre todo por el contraste que veía entre su vida cotidiana y el tango, pero me ayudó a entender un poco el hecho de que cada cuerpo asumía y se construía de una forma completamente particular dentro del baile apoyado en la forma en cómo se percibía la persona en el campo social.


La diferencia entre Ermel y Emperatriz era que Ermel no buscaba un empoderamiento, era simplemente poder expresar sus emociones y llenar un poco el vacío que sentía al verse sola a su edad, fueron varias las veces que Ermel contándome sus historias se le llenaban los ojos de lágrimas. Mientras que Emperatriz si buscaba la posibilidad de dar mayor empoderamiento a su cuerpo y género por medio de la ruptura de las reglas de lo tradicional en el tango.


Brandon trabajaba como profesor de baile en compensar pero no de tango. Una de las diferencias que yo había notado sobre el tango queer en Bogotá era que no había tanta necesidad por mostrarse como una danza contestataria a nivel de lo visual, es decir, no encontraba la necesidad en las personas que lo hacían entrar en espacios públicos para mostrarlo, sino simplemente era una ruptura consigo mismos. No obstante, en la última clase, Brandon me comentó que tenías ganas de empezar a bailar en tacones, me mostró un par de vídeos de él y ese día en la clase bailó con sus tacones junto con Ermel. Debo admitir que me dejó bastante animada su decisión ya que era la oportunidad perfecta para empezar a ver en público las reacciones que podían causar no sólo bailar sin seguir las normas heterosexuales sino además bailar con un vestuario completamente controversial al legítimo en las milongas tradicionales.


BIBLIOGRAFÍA


Vigoya Arango, Laura Andrea. “Entre cuerpos y milongas: una aproximación antropológica al tango Queer en Bogotá”. Pág 103.Universidad del Rosario. Bogotá, 2017.



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